Con “El segundo acto”, Quentin Dupieux torpedea el sistema estelar

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Florence (Léa Seydoux) y Willy (Raphaël Quenard) en “El segundo acto”, de Quentin Dupieux. DIAPHANA/CHI-FOU-MI PRODUCCIONES/ARTE FRANCE CINÉMA

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Quentin Dupieux sigue arrasando en su mundo: sólo tres meses después Daaaaaali!aquí está él quien vuelve a poner la mesa con El segundo acto, su decimotercer largometraje, que se estrena en cines al mismo tiempo que inaugura el Festival de Cannes. Cette case très exposée, particulièrement difficile à contenter, fait avec Dupieux un choix osé, celui du petit objet retors valant mieux que ses allures de sketch au casting quatre étoiles (Léa Seydoux, Vincent Lindon, Louis Garrel et Raphaël Quenard) servi en guise d ‘aperitivo.

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Su velocidad de crucero habrá permitido sin duda al cineasta, sin abandonar su aberrante universo, hacerlo más permeable a las problemáticas de la época. Yannickun éxito sorpresa en el verano de 2023, retrató la rebelión del espectador medio que, al interrumpir una mala obra de bulevar, introdujo la cuestión social en la representación. El segundo actocuyo título anuncia una especie de secuela, se fija en esta otra figura de sombra que es el extra.

Cuatro personajes se encuentran en una carretera de campo abierto cerca de un restaurante donde tienen previsto almorzar. Florence (Seydoux) vino con su padre, Guillaume (Lindon), para presentarle a su novio, David (Garrel), flanqueado por su amigo Willy (Quenard). Este escenario de mala película francesa, de abismal tópico, se ve rápidamente socavado por una serie de inconvenientes. Debajo de sus insignificantes máscaras, los protagonistas se revelan en realidad cuatro actores famosos que filman una película de la que no veremos ni al equipo ni el detrás de escena, todo generado, según nos dicen, por inteligencia artificial.

Olibrio impulsivo

Sentadas en una mesa como en un almuerzo familiar, las estrellas reunidas se involucran en una batalla campal de egos, que va desde la mezquindad rencorosa hasta los desvaríos satisfechos, hasta llegar a una pelea. Al fondo, sin embargo, se encontraba un discreto camarero, en realidad un extra paralizado por el miedo escénico, Stéphane (el excelente Manuel Guillot). Al subir al escenario para servir el vino, le tiembla la mano, despidiendo el líquido, gesto que hace que el rodaje se deslice y desata la condescendencia del equipo hacia él.

Este pequeño juego de ping-pong entre los grados de representación sirve en primer lugar para infiltrarse en las relaciones entre los actores, estas grandes bestias enamoradas que siempre ofrecen un espectáculo, a modo de sátira de un entorno. Dupieux se ha acostumbrado a rodar con algunos de los actores más populares del cine francés, permitiéndoles dejarse llevar. Aquí se divierte una vez más con los artistas invitados a superar los límites de su propia imagen pública: Lindon interpreta a un cascarrabias que se rebela contra el orden del mundo, Seydoux a una plaga malcriada que sigue los consejos de su madre por teléfono, Quenard a un olibrius impulsivo en al borde del derrape, y Garrel un intelectual cáustico y neurótico.

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