Rusia y África | le360.ma

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A partir de 2009, y tras dos décadas de ausencia, de Libia a la República Centroafricana, de Burkina Faso a Mozambique, de Níger a Sudán y Mali, Rusia regresó a África, donde todo parecía funcionar. Acumula, día tras día, un capital de simpatías sin prometer desarrollo, sin intentar imponer la democratización, simplemente afirmando su no injerencia en los asuntos internos y su reconocimiento de la soberanía de los Estados africanos.

Si desde 2018-2019 las relaciones de Moscú con todo el continente africano se han intensificado, la base de los éxitos rusos en África se basa esencialmente en la cooperación militar, ya que Moscú ha firmado acuerdos de cooperación técnico-militar con 40 Estados africanos. En 2018, a través de la empresa RosoboronexportRusia se ha convertido en el principal proveedor de armas de África y se han firmado acuerdos militares con tres cuartas partes de los países africanos.

Rusia ha firmado así acuerdos de suma importancia con Mozambique, ya que prevén la libre entrada de buques militares rusos en los puertos del país. Moscú dispone ahora de una base de relevo en el Océano Índico, lo que permitirá a su flota tener presencia directa en las principales rutas de suministro de petróleo de Europa. Además, actualmente se está ultimando un acuerdo que prevé la transferencia de un puerto en el Mar Rojo por parte de Sudán.

Rusia ha establecido o restablecido relaciones diplomáticas con todos los países africanos y en 2019, 2022 y 2023 se celebraron varias cumbres Rusia-África, la última de las cuales reunió a 49 países africanos y 17 jefes de Estado en San Petersburgo. En cada ocasión, Vladimir Putin reafirmó tres ideas que marcan la diferencia con el enfoque occidental:

1- Rusia no viene a África a saquear el continente, ya que en su inmenso territorio está lleno de riquezas minerales.

2- No tiene pasado colonial; por el contrario, ayer la URSS ayudó a las luchas de liberación.

3- No viene a dar lecciones de moral a los africanos; ni les impone dictados políticos o económicos ni las “singularidades” sociales que transmite la ideología LGBT o la “teoría de género”.

Por lo tanto, Vladimir Putin adoptó el punto de vista opuesto a la política impuesta por François Mitterrand en 1990 en La Baule, una política que provocó una crisis interminable en el continente al instaurar allí un desorden democrático duradero.

Para Rusia, ningún desarrollo es posible sin estabilidad, por lo que ésta requiere el apoyo de regímenes fuertes y, por tanto, de ejércitos… y no a través de una “buena gobernanza”, un concepto occidental que a menudo parece muy “exótico” al sur del Sahara. De ahí el envío de la milicia Wagner, renombrada Cuerpo de África, en países que atraviesan una grave crisis de seguridad y donde el gobierno central ya no controla grandes áreas del territorio nacional. Lo que se hizo en RCA y Mali y que empezó en Níger y que podría seguir en Burkina Faso.

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