“Parténope”, la diosa del vacío de Paolo Sorrentino

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Celeste Dalla Porta y Stefania Sandrelli en “Parténope”, de Paolo Sorrentino. GIANNI FIORITO/PATHÉ

SELECCIÓN OFICIAL – EN COMPETENCIA

Desde Las consecuencias del amor En 2004, casi todas sus películas compitieron por la Palma de Oro. Esto demuestra si Cannes sigue siendo fiel al italiano Paolo Sorrentino, una vez más en competencia con partenope, décimo largometraje del cineasta (La gran belleza2013; La mano de Dios, 2021) donde encontramos gran parte de sus temas favoritos. Nápoles (su ciudad natal), el deambular y la ociosidad de los ricos que actúan a base de encuentros breves e insignificantes, citas de sus padres (Fellini, a la cabeza), fascinación por la belleza y aversión por la decadencia a la que le gusta añade una buena dosis de vulgaridad. A sus 53 años, Sorrentino revisita su desencanto a través del viaje, desde 1950 hasta la actualidad, de una heroína con apariencia de modelo.

La película comienza con el primer grito de esta pequeña maravilla, destinada al rango de diosa –por el primer nombre que sus padres eligieron darle– y de princesa a juzgar por el regalo que recibió destinado a su padre: un carruaje dorado procedente de Versalles transportado por mar, flotando sobre la superficie del agua. La magnificencia, la calma y la voluptuosidad reinan en estas primeras horas de una vida cuya infancia será arrasada por un salto en el tiempo que nos llevará directamente a 1968.

Estamos en Capri, la bebé convertida en niña (Celeste dalla Porta) se mueve sin obstáculos, con el cuerpo prácticamente desnudo, ofrecido al sol y a las olas, languideciendo en una terraza que domina la bahía azul, deslizándose desde los salones de un Palazzo a esos hoteles de lujo. Lo acompaña en este entorno idílico su amigo de toda la vida y su hermano atormentado. Un trío que se roza, se abraza, se toca los labios, difundiendo sin, por supuesto, sucumbir a ello, un vago e infantil olor a incesto.

Sociedad sobre el suelo

Porque Parthenope difícilmente cede al deseo al que, por otro lado, sucumben todos los hombres que conoce, que se suceden durante casi una hora, proporcionando una galería de personajes descontentos de verse envejeciendo, pero dispuestos a probar suerte. Encuentros que parecen no tener otro fin que mostrar hasta qué punto les cautiva la belleza de esta heroína, cuyos outfits –bikinis, vestidos de noche generosamente escotados– se centran en mostrar más cuerpo del necesario.

Surge una tragedia que pasará página en este hermoso y despreocupado verano. Cinco años más tarde, en Nápoles, Partenope, todavía muy cortejada, emprendió estudios de antropología. Ahora dotada de inteligencia, la belleza sirve como retrato de una ciudad, Nápoles, triste y frívola, vivaz, decidida y decadente.

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